Cuando pensamos en estrés, solemos asociarlo con cansancio, problemas de salud o angustia. Pero pocas personas saben que el estrés también puede ser positivo. Existe una forma de activación que nos ayuda a rendir mejor, a concentrarnos y a dar lo mejor de nosotros en momentos clave. Entender la diferencia entre el “buen estrés” y el dañino nos permite aprovechar su fuerza en lugar de temerle.
El error más común es creer que todo estrés es malo. Esto nos lleva a evitar cualquier situación que lo despierte: exámenes, presentaciones, entrevistas o retos personales. El resultado es que perdemos oportunidades de crecimiento. El verdadero problema no está en sentir estrés, sino en la intensidad y la duración con la que lo experimentamos. Cuando se vuelve crónico o desproporcionado, nos desgasta y nos enferma.
Reflexionemos:
El estrés positivo o eustrés es ese estado de alerta que nos impulsa a dar lo mejor. Un actor antes de salir al escenario o un deportista antes de competir lo experimentan: acelera el corazón, aumenta la concentración y potencia la energía. En cambio, el estrés negativo o distrés surge cuando sentimos que lo que se nos exige supera nuestras capacidades, o cuando esa tensión se prolonga demasiado. Ahí aparecen la fatiga, la ansiedad y el insomnio. La clave está en aprender a reconocer el punto donde el impulso deja de ser ayuda y comienza a ser carga.
Ejercicio práctico
Haz una lista con tres situaciones recientes en las que sentiste estrés. Para cada una, pregúntate:
- ¿Me ayudó a concentrarme o me bloqueó?
- ¿Duró solo mientras afrontaba el reto o se prolongó después?
- ¿Me dejó con energía o me drenó completamente?
Con estas preguntas podrás distinguir cuándo tu estrés fue eustrés y cuándo fue distrés. Una vez identificado, busca potenciar los momentos de eustrés (preparación, enfoque, motivación) y reducir los de distrés (pausas, respiración, descanso adecuado).
El estrés no es un enemigo al que debas temer, sino una energía que puedes aprender a dirigir. Cuando lo gestionas con inteligencia, se convierte en un motor que impulsa tu vida en lugar de frenar tu bienestar. Recuerda: no se trata de eliminar el estrés, sino de transformarlo en tu aliado.